martes, 6 de julio de 2010

··Noches Negras··



De sus ojos brotaron las dos últimas lágrimas, se deslizaron por sus mejillas y cayeron en la cama, suspiró, miro la única foto que tenía de él, y un negro silencio cubrió la humilde habitación.

Esa mañana la ciudad era un auténtico alboroto, la isla de Cabo Verde crecía en población y en importancia comercial, la gente iba y venía sin cesar, carruajes trasladando finísimas mujeres con sus vestidos exclusivos, esclavos que refaccionaban las calles, y hacían diligencias a un ritmo sorprendente. El sol radiante del mediodía en el Atlántico hacía brillar el negro y rizado cabello de María, su piel morena y su sonrisa contagiosa no pasaron desapercibidas por la ciudad de Praia.

Golpeó la puerta de la casa más hermosa de la ciudad. Una señora muy amable le preguntó qué necesitaba, y con su dulce voz comenzó a explicarle su situación y cuánto necesitaba aquel trabajo de mucama, de lo contrario su destino sería vivir en la calle. No sé si por sus lindos ojos, su forma pausada de hablar, su postura inocente o simplemente su voluntad de trabajar, fue que consiguió usar ese uniforma blanco que tanto había deseado.

Entregaba su mejor esfuerzo en cada tarea que hacía, mostrando empeño y buen servicio, el conde y la condesa DaSilva no se cansaban de felicitarla y mostrarle afecto. A pesar de sus cortos 20 años, Maria se había ganado la confianza de todos en esa casa, de todos menos de Raí, el hijo menor de los DaSilva. El era un jovencito maleducado y caprichoso, nunca dejaba de hablar groserías y maltratar a los empleados, y Maria, por supuesto, no era la excepción.

Los dos años que Maria llevaba trabajando en la casa habían sido hermosos, se sentía cada vez más cómoda. Hasta la noche del 27 de Abril. Se acostó, apagó su velador, y mientras intentaba dormir escuchó unos pasos tambaleantes, sin dudas era Raí que otra vez regresaba ebrio de sus andanzas. Los pasos se acercaban cada vez mas a su habitación, ella comenzó a preocuparse porque nunca pasaba por su puerta, su pulso empezó a acelerarse, estaba nerviosa. El picaporte dio la media vuelta que confirmó su tan temida sospecha. Él se acercó violentamente a su cama, Maria intentó escapar, gritar, sacudirse, pero los fuertes brazos de Raí la apresaron contra la cama.

Comenzó a desvestirla violentamente, rompiendo su ropa, ella podía oler su sudor, el olor a alcohol que despedía era totalmente desagradable, veía su cabello despeinado y su cara roja, como con ira, no podía soportar más aquella situación, hasta que sucedió lo inevitable, ella sintió que la vida se le iba a cada segundo, su corazón parecía no querer latir, su respiración era corta y pausada, ahí estaba, tirada, sola, abandonada en el piso de su habitación.

Los años pasaron y el joven Manuel ya tenía 16, respetaba mucho a su madre, tan trabajadora, voluntariosa, hermosa, como todas las madres. A él parecía no importarle ser el hijo de la mucama, pero sentía el vacío paterno, y nada parecía cubrirlo, ese vacío de la duda, de no saber, de no entender, por qué no conocía a su padre. Esa tarde decidió decirle a su madre que le cuente toda la verdad.
Temblorosa y avergonzada veía a su madre mientras le contaba la historia de horror más fea que jamás había oído, una sensación de frustración, dolor, y tristeza recorría su cuerpo y un impulso que ni él imaginaba, lo llevó a tomar la decisión más importante en su vida.

-¿Por qué?...Dijo ella, con voz temblorosa.
-No era como lo pensé, no era lo que esperaba… Manuel intentó seguir hablando pero su garganta se anudó.
-Abrí tus ojos, mirá a tu alrededor…mirá a tu madre, mirá mis ojos que no tendrán fuerza para abrirse si no estas.
-Es demasiado tarde, el tiempo ha llegado…
-No! (gritó ella mientras sonaba la sirena de partida del barco)
-Nada importa realmente para mí…
-Nnn… intentó volver a gritarle pero ya su voz había decidido quebrarse, ya no había aire para gritar nuevamente.
-Sigue adelante, como si nada importara realmente…nada importa realmente para mi..

Esa noche el barco partió a Sudamérica y con su hijo a bordo se internó en el oscuro océano. Junto con Manuel, Maria sentía que otra vez se le iba la vida, que su corazón no quería latir y su respiración era cada vez más frágil. Ahí estaba, sola, otra vez, rodeada de nada, en esa habitación que 17 años antes había sido testigo del principio del fin de su vida. Se sentó en la cama, tomo la desgastada foto de Manuel a los 5 años, y de sus ojos comenzaron a caer lágrimas, hasta que llegaron las dos últimas.

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